Totalidad-concreción en tanto
criterio de cientificidad
Cuando tratamos en epistemología el asunto de los criterios de cientificidad, debemos privilegiar el principio dialéctico (ontoguiatura) de la totalidad-concreción o concreción totalidad. Superamos con ello, tanto las miopes visiones de la verificación experimental, como el enfoque –más afinado, sin duda- de la objetivación.
A través de la primera, hacíamos hipérbole del fenómeno en sí; del hecho particular. Así, zumbábamos a una suerte de recipiente de desperdicio, “a todo estorbo totalizante” (vale decir, “a toda especulación filosófica”). Viendo la situación de esta manera, lo científico equivale sólo a lo demostrable por alguna vía experimental; en tanto que lo filosófico (¡por apriorístico!) es extraño a lo científico. A través de lo segundo, avanzamos un poco más. En economía-política-del-capitalismo, por ejemplo, podemos admitir que el devenir histórico actual corrobora en la práctica (social), la veracidad de su contenido teórico. Es decir, el mismo desarrollo que el modo de producción capitalista viene trazando globalmente desde el siglo XIX hasta el presente, constituye claramente la objetivación de lo que es su cuerpo teórico. Las leyes del modo de producción capitalista que se dan en unas formaciones sociales portadoras de alto desarrollo consonantemente capitalista, como –pongamos por caso- EE. UU. o Francia, son isomórficas a las que se dan en unas formaciones sociales portadoras de bajo desarrollo consonantemente capitalista, como Haití o Tailandia.
Transitando por estas vías de la comprobación experimental y la objetivación, surgen algunas insuficiencias que muy pocos epistemólogos calibran. En astronomía por ejemplo, ¿cómo verificar experimentalmente en contextos espaciales cuyas dimensiones son tan enormes que imposibilitan llevar a la práctica vivamente lo que es su disciplina manipulatoria, como el año luz, el segundo luz, el pársec? En matemática, como otro ejemplo, pudiéramos pensar que hay aspectos en los cuales prima lo lógico, lo coherente, lo racional. Así, lo objetivo, lo real, queda recesivo o simplemente, no es de competencia matemática sino química, o física, o económica, o estadística…
Por medio del criterio de cientificidad de la totalidad-concreción, en cambio, se tributa dialécticamente la restringida verificación experimental y la un tanto más compleja objetivación. Lo concreto es lo real; es lo específico-objetivo; ahora bien, como lo singular está determinado por lo total, entonces a la ciencia le toca explicar de manera problemática lo que es el fenómeno concreto o el problema concreto, en términos de cómo está determinado por la (respectiva) totalidad. A lo fenoménico, a lo factual, se llega por vía de la observación; siendo la experimentación el procedimiento más expedito para esto último. A lo total, a lo general, se llega por vía de la calificación que sobre la teoría histórica sobre ello, ha tenido que hacerse. Es una dimensión empírica y una dimensión teórico-especulativa (filosófica), las cuales se encuentran entre sí de cara a una integración dialéctica y en tanto dialéctica, transhistórica.
Agosto de 2008
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De letra y puño
De Colombia, Santos y Alias
La “santa” prensa colombiana ha venido imponiendo el uso de la palabra alias, de manera curiosa. (Santa, no por los del Vaticano o por el “enmascarado de plata”, sino por los Santos –como se apellidan los simultáneos ministros y dueños de medios, del actual gobierno uribista).
Que digan, Jairo Restrepo Chapeta ( ¡deben existir allá por millones!) alias tal cosa, o Martha Vélez Perafán (¡también por millones!) alias equis o zeta, no representa mucha novedad, aunque llama la atención lo sostenido de la usanza; lo repetitivo del asunto. Pero eso de colocar la palabrita en referencia, justamente antes del seudónimo, en verdad que representa un giro lingüístico especial al cual muy poco acostumbrados hemos estado. Alias “Raúl Reyes”, alias “Manuel Marulanda”, alias “Enrique Gafas”, son entre muchas otras, expresiones que esa “gran prensa” uribista estila con persistencia y hasta fanatismo, denotando con ello que lo que está dentro de las comillas son, sin más, seudónimos, remoquetes, aunque éstos estén compuestos llanamente por nombres y apellidos (claro, no correspondientes).
Que colocar el alias, precisamente antes del apodo (siendo éste, extrañamente compuesto por un arbitrario nombre y un arbitrario apellido), connote algún símbolo de desprecio, de condena; no hay duda. Que tales desprecios y condenas estén inscritos en una visión ideológica acerca del mundo y de Colombia (que también ha de incluir cosas bonitas), tampoco hay duda. Pero con todo, no hay que negar que se trata de una modalidad semiótica, como dijimos, curiosa. Ahora se nos ocurre agregarle: harto o supremamente (como “Su Merced” quiera decir) colombiana.
Dado lo expansivo que tal giro lingüístico está resultando, no nos está quedando alternativa distinta que aplicarlo; claro, esquivando los sesgos ideológicos que los no tan santos Santos, han impuesto a punta de cincel. En vez de hablar de James Earl Carter, alias “El Jimmy”, diremos: Alias “Jimmy Carter”. En vez de Anthony Charles Linton Bleir (el inglés que secundó a Bush en la invasión genocida a Irak), alias “El Tony”, preferiremos: Alias “Tony Blair”.
No hay duda que abrazaremos esa moda, pero como nos da urticaria todo alineamiento, ¡todo!, conscientes estamos entonces que nos toparemos con problemas ideológicos que trascender. Inscritos en ello, hablaremos indistintamente y sin ambages, de alias “Lula Da Silva”; de alias “Napoleón Bravo”, de alias “Pablo Neruda”, de alias “Kiko Bautista”, de alias “Iósif Stalin” y mil más. Salir ilesos de las trampas ideológicas que todo esto encarna, no será fácil, pero es que el lenguaje es ideológico en su totalidad. Decía el semiólogo ruso Voloshinov en los ´40 del siglo pasado que la materia prima del psiquismo es más sígnica que eidética. Es más lingüística que cognitiva. Si al psiquismo se le quita su contenido lingüístico, sólo quedarían las funciones de carácter fisiológico, exponía con desgarradora agudeza. Ahora bien, esa raigambre semiótica de lo psíquico no se mueve de manera realenga. El cemento que le da vida, dinamismo y sentido es la ideología (entendida ésta como el sistema de valores y prácticas, el cual cohesiona una sociedad dada, sobre la base de la acción de poder que libran contradictoriamente las fracciones en pugna, propias de esa sociedad).
Prevemos que en la precitada empresa de utilizar los seudónimos de acuerdo, por un lado, al gusto de los Santos, y por otro, a nuestro empeño de no ser alineados por causa alguna, nos hallaremos con un problema mayor. No sabemos a cuáles afectará en mayor medida; si a los Santos o a los mismísimos santos (que dicen que hasta vuelan). Tiene que ver con un jefe al cual unos y otros tributan: alias “Benedicto Dieciséis”. Si la cosa se pone muy difícil, pues nos iremos por la sombrita. Hablaremos sin rebusques, de Joseph Ratzinger alias “El Papa”, o alias “El Santo Padre”, o alias “Su Santidad”, etc., etc.… ¡Santo Dios!
Agosto de 2008.
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